
Martes 8 de septiembre de 1981
Muchas teorías han sido escritas y presentadas para explicar el origen del valor de las cosas, y los economistas se dieron a conocer cuando comenzaron a destacarse por dar estas explicaciones. Unos alegaron que sólo la tierra producía y generaba valor. Otros enfocaron el valor de las cosas por su capacidad de ser intercambiadas por otras. Surgieron luego los que sostenían que había que sumar los valores individuales de los factores que eran utilizados para producir el bien que se quiere valorar. Dentro de este enfoque, y como reacción y también a él, se presentó el conocido argumento de que sólo el trabajo humano es capaz de crear valor. Por ello añadieron, que todo lo que se lograba al vender las cosas hechas con el trabajo del hombre presentaba un despojo o robo al trabajador por parte de los demás factores productivos. Para Max la misma Naturaleza se nos presenta como un regalo, así que todo se reduce al valor que genera el hombre con su trabajo. Por su parte quienes vivían de su dinero sostenía que sin este recurso el trabajo no completaba producir nada.
Todos parecen, sin embargo, haberse olvidado de las leyes de la termodinámica que nos comprueban que la energía y la materia es constante, y que el hombre no puede crear ni destruir la energía ni la materia. Entonces, si no es posible crear ni destruir valor energético ni material, ¿cómo es que nos peleamos por el derecho de ser unos y otros los que creamos y le damos el valor a las cosas? Ninguno crea valor. Ni el trabajo ni el capital.
Cuando Marx y Engels lanzaron en 1848 su Manifiesto Comunista, la termodinámica apenas comenzaba pues había sido recién descubierta por Nicolas Sardi Carnot en 1824, ingeniero y militar francés, al investigar cómo era que funcionaba la famosa máquina de vapor. La palabra Entropía, que vino a representar la segunda ley que fue desarrollada sobre los principios de Carnot, vino a ser acuñada 20 años más tarde al Manifiesto Comunista (1868) por el físico alemán Rudolph Clausius. La segunda Ley vino a reconocer otro aspecto de la energía y la materia, y que consiste en que el hombre lo único que puede hacer es transformar la energía y la materia (o sea cambiar su forma) pero en un solo sentido. La transformación de la energía solamente se produce de su forma útil y aprovechable a su forma no útil y no aprovechable. Dicho de otra manera, solo podemos transformar cosas con valor a cosas sin valor, a simple desperdicio. El hombre, lejos de crear valor (ni con su trabajo ni con su dinero) lo que hace es desvalorizar la energía y la materia; y como quiera que al transformarlas ya no pueden ser objeto de nuevo aprovechamiento porque su valor ha desaparecido al convertirse en desperdicio mediante la transformación (cambio de forma) de la energía y materia; entonces, nos enfrentamos con la realidad científica de que todo proceso económico al transformar las cosas para satisfacer las necesidades humanas –con el uso de los medios exosomáticos y no renovables de que hablamos en nuestro artículo de la semana pasada-, lo único que genera es desperdicio y entropía. Así las cosas, Entropía viene a ser una medida del aumento del desperdicio que ocurre al transformar la energía y la materia. Y la entropía aumenta inexorablemente. Lo único que podemos controlar nosotros es la velocidad con que transformemos la materia y energía. Si aprendemos a utilizar energía renovable y poca materia, lograremos vivir con poca entropía para beneficio de nosotros porque contaminaremos lo mínimo al ambiente y beneficiaremos a las generaciones futuras porque recibirán herencia.
Por eso es que las grandes potencias, lejos de preocuparse realmente por la lucha ideológica, lo que hacen es utilizarla como pantalla para justificar el acaparamiento de los recursos no renovables escasos que necesitan para producir los armamentos que constituyen la fuente principal de su poderío. Las superpotencias saben que están en una carrera en la que cada vez será más difícil y más costoso producir sus armamentos y aquellos bienes y servicios que necesitan para su población. Por eso nos financian a los países del tercer mundo; para que les exportemos nuestras materias primas, alimentando el voraz apetito de sus gobernantes y poblaciones, quienes viven, además, de transformar nuestra energía y nuestra materia para vendérnosla de vuelta. Es hora pues, de que despertemos y conozcamos las verdades científicas que gobiernan el mundo y empecemos a conservar nuestros recursos (energía y materia) sin caer en el juego de la lucha ideológica y la carrera por tener altas tasas de crecimiento económico. Aprendemos a construir una sociedad sin explotación de ninguna clase, sea de hombres por hombres o por el Estado, o de nuestros recursos. Aprendamos a vivir con poca entropía y adaptemos el proceso económico a las verdades científicas.
