Martes 23 de junio de 1981

La educación ha venido, tradicionalmente y por lo general, cumpliendo una función más negativa que positiva. Se ha limitado a dar información sin estimular la imaginación, penalizándola en muchos casos. Cuando los graduados incursionan a la vida, encuentran problemas que nunca aprendieron a resolver. En su formación ética no puede haber mayor confusión y desorientación, lo que ha conducido a la apatía o al fanatismo. La escala de valores que prevalece es totalmente cuantitativa y su símbolo de éxito y progreso lo representa la sola acumulación de bienes materiales. Logrado esto, el hombre busca poder dejar de trabajar y jubilarse cuanto antes porque el trabajo no es para él causa de satisfacción sino de humillación. 

No ha recibido, tampoco, ningún estímulo para el trabajo colectivo o en grupo y por ello busca proyectarse individualmente a base de una competencia negativa y destructiva con sus semejantes. No le interesa vivir en armonía con la naturaleza ni preservar los recursos naturales para que las generaciones futuras hereden un medio ambiente en el cual puedan, a su vez, sobrevivir. Por eso no le importa explotar la naturaleza para su beneficio, aunque el costo o precio social lo paguen sus hijos, nietos y demás descendientes.

Sostengo que se ha estado educando para la esclavitud, porque el sistema prevaleciente tiende –por regla general—a formar esclavos para las máquinas, para otros hombres, para el Estado, para la sociedad deshumanizante, de consumo; víctimas de la competencia negativa, de los medios de comunicación, de los impuestos, del confort, de lo artificial, de la moda, del diseño, de la fuerza y potencia los motores y máquinas; en fin de todo aquello que se deduce de un mundo que descansa sobre los valores cuantitativos de acumulación material construidos a través de la controvertida revolución industrial.

Estamos por asistir al funeral de esa revolución, así como de todas aquellas revoluciones que descasan sobre esos principios. Estamos en una época de transición, de cambios estructurales inevitables e irreversibles, hacia un mundo cualitativo a tono con la naturaleza y no cuantitativo. La naturaleza, con su sabiduría y poder, se lo exige al hombre. El hombre es parte de ella y no dueño de ella; no puede explotarla sin pagar el precio. Lo que tenemos que hacer es aprovecharla de acuerdo con los ciclos y sistemas que ella misma posee para su conservación, renovación y evolución. El hombre en su deseo de satisfacer sus necesidades debe dirigir su ingenio, esfuerzo y tecnología hacia el descubrimiento pleno de los mecanismos de evolución natural de nuestro planeta. Tenemos que aprender a consumir al ritmo en que la tierra puede producir siguiendo sus ciclos naturales

La educación debe cumplir los siguientes cometidos: 1. Darle al hombre información adecuada para que pueda formar o integrar sus sistemas de valores cualitativos, y desarrolle así su ser espiritual que regirá su toma de decisiones. 2. Enseñarle al hombre los conocimientos que le permitan descubrir y desarrollar sus aptitudes, y a través de las cuales si incorporará a la producción de los bienes y servicios necesarios para la satisfacción de las necesidades de la comunidad a la cual pertenece. 3. Desarrollar la creatividad, flexibilidad e imaginación del hombre para capacitarlo a solucionar los problemas que se encuentre en la vida, y en especial los que le presentará un mundo de transición como el que vivimos. 4. Capacitar al hombre para que contribuya a la construcción, mantenimiento y evolución de un mundo y una forma de vida a tono con las leyes de la naturaleza y en armonía con ella, preservando así todos los elementos físicos necesarios, no sólo para la subsistencia de la especie humana sino para la búsqueda de su propia felicidad. 5. Capacitar al hombre a cooperar y colaborar con sus semejantes en todas aquellas tareas en donde el esfuerzo colectivo sea necesario y conveniente a los intereses de la comunidad. 6. Capacitar al hombre para disfrutar de su trabajo, apreciándolo como un objetivo dignificante de su vida y no como un medio obligatorio o mal necesario.

La formación de una escala de valores cualitativos en el hombre es la función natural del sistema educativo; y debe ser la primordial, si forma parte de una sociedad que quiere vivir en democracia. Asistir al estudiante a que adquiera valores cualitativos y no cuantitativos. Aprender cómo y en qué forma vivir; y no vivir a base de cuánto más debemos tener.

Es impostergable la elaboración de programas educativos que mejoren la “calidad humana” de nuestros futuros ciudadanos.  Tenemos que forjar hombres y mujeres de principios, de personalidad, de coraje, que puedan apreciar la calidad de la vida más que la cantidad de las cosas en la vida; que sepan defender los valores cualitativos que son los que iluminan y guían a los pueblos que luchan por forjar su destino, buscando sus propias soluciones a los problemas; hombres y  mujeres que no negocien sus principios ni su dignidad ni la de sus conciudadanos; hombres y mujeres que no antepongan su bienestar personal a los de la Nación.