
Martes 20 de enero de 1981
Vivir sin entropía es un imposible físico y así lo hemos comprendido al estudiar la termodinámica. Podemos, sin embargo, y debemos aprender a vivir con la menor entropía posible. Tenemos que construir una sociedad que transforme la menor cantidad posible de energía y nos permita mantener al máximo nuestra reserva de energía útil y disponible mientras son satisfechos las necesidades de la población. Este es el reto de los pueblos y sólo los que comprenden el problema y logren organizarse para hacer frente al reto, podrán alcanzar mayores niveles de cultura, civilización y de mando.
La inflación es posible eliminarla, pero la solución está atada con la reducción de la entropía, o sea con la adopción de nuevas actitudes que estén a tono con el problema energético y con la eficiencia en la administración fiscal a base de operar con presupuestos balanceados. Mientras sigamos con los hábitos de consumo que siguen demandando bienes materiales en lugar de mejorar la calidad de la vida, seguiremos distorsionando la oferta y demanda de bienes y servicios que la sociedad realmente necesita para satisfacer sus necesidades de progreso social. Estamos viviendo tasas inflacionarias entre el 17 y 20 por ciento, cuando antes oscilaban insignificantemente entre el 1 y 3 por ciento. No hemos aprendido a enfrentarnos al problema inflacionario que está agravando en nuestros días con la crisis energética. Los gobernantes no pueden seguir inyectando dinero improductivo a la economía nacional, porque seguirían desquiciando la economía limitada que nos queda. En los últimos años, el gobierno central ha incurrido en un déficit que ha llegado al 92 por ciento de sus ingresos ordinarios. Esta política fiscal es suicida y quien paga el llamado “pato” es el pueblo consumidor que cada día tiene que pagar más plata por las mismas cosas que tiene que comprar.
Hablando el otro día ante los Rotarios (Oeste), les señalé las metas que tenemos que alcanzar, y que puedo resumirles así: (1) Cambiar nuestros actuales valores de progreso y bienestar haciendo experiencias no materiales que mejoren la calidad de vida; (2) Cambiar nuestro tipo de consumo para reducir voluntaria y drásticamente el consumo de todos los bienes considerados “lujo”, y concentrarnos en los bienes básicos; (3) Conservar energía reduciendo el uso de aquellos bienes que consumen energía; (4) Reducir nuestra dependencia de la energía no renovable utilizando menos procesos intensivos en capital y más intensivos en mano de obra; (5) Minimizar el uso de los bienes y procesos que producen la contaminación porque nos obliga a utilizar menos energía para eliminar la polución; y, (6) Reducir nuestro crecimiento poblacional para reducir la demanda física de energía.
Estos cambios cualitativos producen cambios cuantitativos a la oferta de bienes y servicios que eliminarán, de llevarse a cabo con las políticas fiscales indicadas, la persistente inflación que azota a las poblaciones, a la vez que disminuirán a límites aceptables, la entropía de nuestra forma actual de vida.
