Viernes 5 de marzo de 1982

Hace casi 40 años, un doce de febrero de 1943, el Presidente Franklin D. Roosevelt, lanzó su programa de las cuatro libertades; que todavía debe seguir siendo rumbo del comportamiento político, social y económico de los Estados Unidos de América, pues los objetivos no han sido logrados. Primero: Libertad de expresión: Para amparar nuestro derecho de hablar, escribir, votar y organizarnos políticamente, sindicalmente y culturalmente.

Segundo: Libertad religiosa: para amparar la privacidad de nuestra conciencia y poder creer y practicar los cultos que deseamos, sin tener que rendir cuenta ni justificar nuestras creencias y opiniones religiosas.

Tercero: Libertad de la miseria: para ampararnos de la explotación económica, del hambre, de la desnutrición, de la desocupación, de la corrupción y de la ignorancia.

Cuarto: Libertad de vivir sin temor: para ampararnos de las tiranías políticas y policiales, de las democracias falsas y ficticias; y de la intimidación social y económica que ejercen internamente las grandes empresas, y externamente las grandes potencias.  

Estas cuatro libertades siguen siendo meta en el tercer mundo y no pueden ser abandonadas por quienes asumieron ante nosotros un firme compromiso de defenderlas. Los Estados Unidos de América no tiene autoridad moral para tirar al mar o a la basura estas cuatro banderas de la liberación sino todo lo contario: tiene un irrenunciable compromiso para liderizar a los pueblos que comparten su creencia en esas cuatro necesidades básicas que son inherentes a nuestra condición humana.

Sólo con la vigencia de estas libertades habrá un clima de paz y prosperidad en el que pueden desarrollarse las relaciones humanas y económicas para elevar el nivel cultural de nuestros respectivos pueblos y de calidad de sus vidas. Sólo así podrá hermanarse el capital y el trabajo, sin conflictos de ninguna clase que no puedan ser solucionados con la negociación y comprensión. La administración del Presidente Reagan haría bien en revisar los valientes programas e ideales que enarbolaron las administraciones anteriores, en momentos críticos como los actuales; en los que no sabemos cuántos ni en qué condiciones, llegaremos al siglo XXI.