
Miércoles 5 de agosto de 1981
Para lograr niveles de producción “rentables” se ha tenido que producir enormes cantidades del producto. Esto a su vez ha exigido organizar empresas con capitales cuantiosos que pocos tenían o podían conseguir prestado. La tecnología ha sido, obviamente, intensiva en maquinarias, explotando (no aprovechando) recursos naturales y dependiente del petróleo. Estas características implicaron desplazar mano de obra mientras la población creció cada vez más gracias a la misma tecnología que redujo la mortalidad. El uso intensivo del capital aumentó la escala de producción y deshumanizó el trabajo del hombre porque su costo y sus demandas laborables se interponían en la acumulación de las ganancias que permitían el volumen elevado de producción. La política económica de la cantidad mejoró la calidad de la vida, pero sólo para la minoría que podía manejar el gran capital; pues empeoró la calidad de la vida para las grandes mayorías con pocos recursos.
Observamos así una analogía entre el individuo productor o empresario pequeño o mediano que es desplazado por la gran empresa, y los países pequeños que son desplazados o afectados por los grandes países productores y/o transnacionales que imponen, en vez de negociar, sus condiciones. Afortunadamente, este sistema cuantitativo que explotó la codicia del hombre y llegó, como viene sosteniendo el amigo Bonamico, a confundirla con la necesidad, no puede continuar. La escala de producción se irá reduciendo paulatinamente hasta que cada área geográfica, cada país y cada región encuentren su tamaño adecuado.
Vamos ahora hacia un mundo en donde las reglas del juego serán a base de calidad sin importar la cantidad, hacia el grado de felicidad que puede lograr una sociedad. No cuánto producimos sino cómo producimos entre todos para que alcance para todos; y no solo pensando en las actuales sino futuras generaciones. No cuánto comemos sino qué clase de comida comemos; o no cuánto nos alimentamos sino cuan bien nos nutrimos. Aprender a cooperar y compartir el liderazgo. A trabajar en equipo en vez de querer dar órdenes. A luchar por principios y nuestra dignidad, en vez de vender nuestra conciencia. No es por coincidencia que el dinero cada vez vale menos. Es una lógica consecuencia del abuso de una idea, de un concepto, de una innovación. No es la cantidad de dinero que circula lo que vale sino lo que representa en verdad ese dinero. Imprimirlo sin valor sin contenido real, sin calidad, no equivale a tener más dinero en una economía sino más papel que vale menos.
Vamos de una economía con muchos empleados a una economía con muchos empresarios medianos y pequeños autosuficientes e independientes. Vamos de simples consumidores a lo que Tofler llama prosumidores, o sea a más personas que contribuyen a producir lo que consumen. Vamos de la dependencia a la inter-dependencia e independencia. Vamos de la subordinación a la repartición según contribución. Vamos de la centralización a la descentralización. Vamos de la urbanización a la ruralización. De la ciudad al campo. Del individuo a la familia. Del liderazgo individual al colectivo. De transportarnos a comunicarnos. De la energía no renovable a la renovable. De mucha entropía a poca entropía. De vivir intensamente a vivir más felizmente. De revoluciones a evoluciones. De la economía a la ecología. De la industria a la agroindustria. De la escala grande a la intermedia. De lo secundario a lo principal. De lo superfluo a lo necesario. De la subsistencia a la vivencia. Del tener al ser. Del dinero al crédito, y al trueque. De la desconfianza a la confianza. Del inventario al flujo. De cuánto tenemos a cuánto producimos; es decir, de la cantidad a la calidad.
No queremos más mundo sino un mejor mundo. Y paradójicamente el mundo físico nos lleva al mundo espiritual. El mundo de los recursos finitos y escasos nos obliga a pensar en lo infinito. A encontrar y disfrutar del sentido de la vida. Así avanzará el hombre identificado y descubriendo el sentido de las paradojas que encuentra una y otra vez en su vida; lentamente, evolucionando y no revolucionando. Y al querer saltarnos etapas con revoluciones demográficas que desconocen el grado de adaptación de sus pueblos, tendremos que hacer un alto y regresar a la etapa en que se inició la revolución para entonces continuar entre todos, sin poder recobrar el tiempo perdido, porque ese es el precio que hay que pagar en este mundo termodinámico que crece inexorablemente en entropía. No hay nada gratis ni hay ganancia real. Entrópicamente hablando, siempre se produce un déficit. Siempre consumimos más energía que la que generamos. Siempre aumenta el desperdicio. La ganancia es pues, una ilusión de corto plazo que cada vez tiene menos sentido. De querer ganar en cantidad aprenderemos a ganar en calidad.
